Del Mexuar de la Alhambra a la puerta de la catedral

Desde el siglo XVI, los antepasados de José María Velasco fueron armeros, con taller en la calle Bravo del Albaicín, Granada, su tierra natal. Su padre prefirió ser ebanista, pero él, a quien no le iban ni las armas ni construir muebles y ventanas, les salió rana y se decantó por la restauración. Posiblemente porque los capones que su tío abuelo le daba cuando iba a ayudarle al taller cada vez que metía la pata le persuadieron de que ese trabajo era demasiado estresante: «Los armeros son muy perfeccionistas. En todos los trabajos hay niveles de tolerancia: los albañiles, hasta cinco centímetros en los muros; un carpintero, tres o cuatro milímetros; los ebanistas, un milímetro; los armeros, cero, porque si hay un fallo en una escopeta, te estalla en la cara», explica.

Así que su nombre no figura en el listado de la iglesia de San José del Albaicín, donde antaño era anotado cada miembro de ese gremio y del de carpinteros. En vez de montar y reparar escopetas para guardias civiles y militares, o de controlar los parques de artillería de Madrid y Granada, como sus primos, restaura tallas, muebles, retablos...

Todas las puertas de Dalt Vila

Y casi todas las puertas ancestrales de Dalt Vila han pasado por sus manos: la de Madina Yabisa [también mantiene la museización de los baluartes], la del Museo de Arte Contemporáneo [el año pasado: «Estaba hecha polvo»], la de ses Taules... «Esta la arreglé hace dos años. Cuando estuvo abierta al tráfico –por estar cerrado el acceso habitual– una camioneta grande la golpeó en el gozne de abajo y partió completamente su eje de giro. Fue un trabajo muy coñazo porque había que levantarla con un camión grúa y no encontrábamos ninguno que cupiera en ese hueco de tres metros y 20 centímetros, ya que la mayoría mide 3,5 metros. Estuve un mes buscando una camioneta que se metiera allí», recuerda.

La dos últimas puertas que ha recuperado (en noviembre y diciembre pasados) fueron las de la catedral, tanto la principal como el cancel: «La principal tenía varias manos de barnices y aceites, pero al ser de caoba maciza no le habían afectado los insectos xilófagos [comen madera], por lo que la estructura estaba muy bien. Tenía problemas en las bisagras, así como tornillería suelta. Pero sobre todo tuve que decaparla del barniz y aceites, lijarla muy bien y, encima, en vez de aplicar un barniz, pasar un protector a poro abierto, que permite que la madera respire», detalla.

Caoba maciza cubana

El canónigo Francesc Xavier Torres Peters explica que la caoba fue traída desde Cuba a finales del siglo XIX, posiblemente en 1880: «Es su particularidad principal. Hoy en día sería una despropósito. Pero en la época, como venían e iban muchos barcos de América y llevaban madera de lastre, no tanto», indica. Según Torres, fue construida en Ibiza, posiblemente por mestres d´aixa del varadero.

La madera es tan buena que ni siquiera estaba resquebrajada, pese a que el sol le da directamente. Y eso que todos los barnices que le habían dado a lo largo de 200 años no la beneficiaban: «La madera siempre absorbe humedad, la selles como la selles, aunque sea la ambiental. Absorber no es un problema, exudarla, sí, pues una capa de barniz en la superficie crea una película que cuando la humedad quiere salir la levanta y origina una pequeña burbuja que se convierte en un micro invernadero. Y dentro se desarrollan muy bien los hongos de pudrición, que cambian el color de la madera y, si dejas que evolucionen, la deshacen completamente», advierte Velasco.

Las que le dieron más trabajo fueron las contrapuertas, ordenadas construir por el arzobispo de Tarragona alrededor de 1760 porque «entraba demasiado polvo y viento en la iglesia», matiza Torres Peters: «Es de pino, bastante corriente y con problemas de xilófagos. Cubre un vano muy amplio y es muy alta, al tiempo que muy fina», concreta el restaurador. Tenía un problema de caída de escuadra, por lo que se enganchaba en el suelo al tirar de ella: «Y allí sí que había 20 manos de pintura. Fue incomodísimo porque la catedral estaba abierta al público, lo cual obliga a trabajar con un andamio cerrado y cada vez que tenía que mudarme de una hoja a otra tenía que desplazar también el andamio. Eso sí, aunque es menos lucido, ha sido más trabajoso». En total, dos meses para el cancel y mes y medio para los dos metros cúbicos de puerta de caoba maciza cubana.

También desmontó los llamadores y los bocallaves (posiblemente construidos en un taller barcelonés) de latón y bronce y que estaban muy sucios. Los limpió, pulió, barnizó con un protector para metales y los volvió a colocar. Parecen nuevos.

Lo que más lata le dio fue el descuadre de los herrajes: «Las bisagras estaban idas, pues la puerta, desde que la construyeron, tenía un pequeño rodamiento que corría sobre dos cuartos de círculo de hierro instalados en el suelo.

Pero ese metal se fue levantando conforme se oxidó, de manera que cuando se abría la puerta había una zona que era tres centímetros más alta que obligaba a forzarla. Y cada vez que se forzaba sufrían las bisagras y sus tornillos. Fue difícil ajustarlo», relata. Esas piezas metálicas fueron extraídas y colocadas de nuevo a nivel. Calzó la puerta, que estaba vencida –sobre todo la hoja derecha–, rellenó todos los agujeros de los tornillos de las bisagras antiguas con madera encolada y volvió a atornillar todo otra vez en su sitio: «Ahora se abre y se cierra sin problema». Con la cerradura no hubo pega alguna: «Funcionaba perfectamente».

Ruptura y cambio de vida

Velasco, de 44 años, estudió Bellas Artes en Granada y logró una beca de investigación en la Alhambra, donde luego se hizo responsable del programa de mantenimiento y restauración de los elementos lígneos, toda la madera. Allí restauró el alero de entrada al Mexuar y los techos. Al cuarto año se separó de su mujer y su vida cambió radicalmente: «Vine a Ibiza a pasar las vacaciones de Navidad de 1993 y ya me quedé». Tenía 25 años.

El primer año trabajó en el hotel La Ventana, hasta que al poco tiempo conoció a Lluís Llobet: «Me animó a restaurar la cancela de la entrada a la iglesia de Santo Domingo. Empecé con aquello y hasta ahora».

«Donde más tiempo he trabajado es en la iglesia des Convent, en Dalt Vila, nueve años. Allí restauré todos los retablos, los bancos, el púlpito, todas las esculturas que salen en procesión». Y, hace un par de años, «algo de lo que nadie se ha dado cuenta», la restauración de toda la pintura mural de la nave, de 13 metros de largo por seis de altura: «Todas las paredes imitan bloques de mármol. Allí hubo un incendio en los años 70 que la dejó negra y que repararon como buenamente pudieron. Como nadie se atrevía a meter mano, parcheaban los muros con yeso o cemento y estaba todo lleno de manchas. Me tiré casi cuatro meses con la policromía de las paredes», recuerda el restaurador.

Uno de sus principales retos fue restaurar el retablo de la iglesia de Santa Gertrudis, que «estaba completamente comido por las termitas». Otro, recuperar las cuatro imágenes de la iglesia de Sant Josep que los republicanos casi convirtieron en astillas durante la Guerra Civil. Fue uno de los primeros trabajos que le encomendó Joan Marí Tur cuando era conseller de Cultura. La primera vez que se lo pidió, no se vio capaz. La segunda, sí: «Y quedaron muy bien», dice orgulloso.

Este artista de la restauración asegura que no nota la crisis: «A no ser que seas muy malo o que te hayas dedicado a engañar a la gente, no falta el trabajo –razona–. Lo que faltan en Ibiza son profesionales, pues no se quieren quedar. Quizás también se deba a que me da igual lo que me traigan, no soy exquisito. A veces me traen unas sillas de una casa payesa, más feas que un dolor, y la máquina de coser de la abuela. Y lo arreglo igual. Hay meses en que todo lo que me toca son sapos, pero otros me tocan cosas chulísimas. No da tiempo a aburrirse... si uno no se pone muy exquisito».

Trabajos. Una manita a la escayola de San Vicente

En su taller, cuya ubicación prefiere que se mantenga oculta, José María Velasco trabaja ahora con la imagen en escayola de San Vicente de la iglesia de Santa Eulària: «La iban a sacar en procesión el día de las fiestas de sa Cala, pero al meterla en el coche, como es muy larga, al cerrar la puerta le partieron el dedo y parte de la muñeca. Me llamó el viernes por la noche Vicente Ribas, el párroco de Santa Eulària, para que la arreglara el sábado por la mañana pues tenía que salir en procesión el domingo en las fiestas de sa Cala. Hice una reparación provisional para que pudiera salir en condiciones y luego me la han vuelto a traer aquí para repararla totalmente». Por sus manos han pasado la mayoría de las tallas procesionales: «Menos la Dolorosa, que no ha habido que intervenirla. Todas las demás las he restaurado yo: el Cristo del Cementerio, el Cristo de la Sangre, el Cristo de la Agonía, la Piedad de Sant Elm, el Cristo Yacente de la Catedral, la urna del Cristo y la mesa de abajo, en fin...».

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Comienza la limpieza de la placa de la catedral de Ibiza